16.1.09

Del miedo

Cuando era niña era bastante temeraria ahora que lo pienso, hacia toda clase de cosas irresponsables y peligrosas sin pensarlo mucho.

Caminaba sobre un raquítico tablón de madera para pasar del techo a la habitación que estaban construyendo en el segundo piso de mi casa. Debajo del tablón no había nada, sólo el vacío y una gran posibilidad de caer y romperme todos los huesos.

Un día en el parque, decidí que tenía que poder con el pasa-manos. Me concentré en mi objetivo, me olvidé de la falta de fuerza de mis brazos y me columpié de una barra a otra, de ida ...y casi de vuelta. Mi mano resbaló en la última barra y terminé en el piso enlodada, llorando y con un brazo fracturado.

Los días de lluvia estaban destinados a chapotear en los charcos, a bañarse con los chorros de los desagües, a pringarnos entre hermanos con el agua sucia. Ni por asomo se me ocurría que el agua estaba putrefacta o que podía caerme un rayo encima.

Una vez en casa de una amiga de mi mamá, un weimaraner botó la puerta del cuarto donde estaba, correteó por todo el cuarto y luego se trepó a la cama donde yo estaba viendo tele para moderme el brazo. Pasé toda una tarde temblando, en algo así como estado de shock. Ahí empecé a tenerle miedo a los perros y por un tiempo, no podía saber nada de ellos.

Casi inevitable, con el tiempo empezaron a llegar los cachorros a mi casa: tuvimos un cocker, un maltés, un malix y sí, el último perro que tuvimos fue un weimaraner. Me reconcilié con los perros, aunque todavía hace algunos años tenía pesadillas recurrentes con un perro que se me abalanzaba encima y me mordía las manos.

Mi miedo, cuando niña, estaba más bien reservado a las personas. Era tímida, bastante callada, ensimismada. No tenía ningún deseo de destacar ni de llamar la atención. Mi interacción social casi siempre fue de uno-a-uno. Hasta la fecha los grupos y las multitudes me intimidan, más cuando son ajenos.

Cuando entré a la preparatoria, ese miedo a las personas se disolvió gracias a una nueva escuela, con un ambiente mucho más relajado. Pero también por aquel entonces, empecé a sentir miedo de lo que estaba sintiendo, de aquello que yo sabía de mí pero que no podía compartir con los demás por miedo a ser rechazada.

La ironía de la vida social: sentirte sola cuando estás rodeada de muchísima gente. Nunca voy a olvidar la primera vez que se me rompió el corazón. Un mar de gente, una conferencia en un gran auditorio. Yo sentada y delante de mí, mi amor platónico y uno de mis mejores amigos. Me doy cuenta de que algo ha cambiado, se miran de otra manera, se rozan las manos y yo siento que el mundo se desmorona. La conferencia termina y la multitud se aglutina dirigiéndose a la salida. Los ojos se me inundan de lágrimas mientras avanzo atrapada por la masa de gente.

El miedo me mantuvo aislada varios años, hasta que un día me cansé, sentí que ya no podía más. Y tuve que vencer el miedo al rechazo y poco a poco ir saliendo del clóset con mis mejores amigos. Las primeras veces no podía evitar los balbuceos, ni el ejército de lágrimas y mocos. "¿Mataste a alguien o eres gay?" me preguntó una amiga, preocupada por mi manera de decirle las cosas. Y aún así, con todo el miedo que me provocaba, aún así, con el tiempo se me fue haciendo más natural y más fácil.

De ahí llegó el momento de empezar a conocer mujeres gays. Y como toda persona que teme, preferí irme poco a poco, empezar por internet. Algunas veces salí para conocer a alguien, pero confieso que algunas malas experiencias me ayudaron a entender que es mejor llevar las cosas despacio. La gente que busca un encuentro próximo y te pide toda clase de datos y descripciones de entrada no es de confiar.

Tuve también miedo a viajar: a ir a un lugar desconocido, a no tener a nadie conocido cerca de mí, a perderme, a que me roben, asalten, violen, maten y todas esas cosas horribles que pueden pasar en un lugar que no conoces. Pensaba demasiado las cosas y por lo tanto, terminaba no haciéndolas.

Un día pensé que el problema no eran las posibilidades de lo que pudiera pasar, sino más bien el hecho de pensar tanto las cosas, de querer prever y controlarlo todo. Entonces resolví no pensarlo. Y ahí nació "The Fuck it Philosophy": un sencillo principio que me ayudó a aventarme a hacer tantas cosas, a no limitarme y a hacer tantos viajes sola. "¿Será que me vaya a tal lado? ¿Qué tal si me pasa algo?". Fuck it! respondía una voz en mi interior. Todavía cuando el avión despega siento la adrenalina en mi interior.

También mucho tiempo, tuve miedo a manejar y lo evadí por años, pensando que podría resolver la cuestión del transporte de otra manera. Cuando mis necesidades crecieron y era inevitable aprender a manejar, apliqué el Fuck it! y me compré un coche, para que no me quedara de otra. ¿Quién lo iba a decir? A la vuelta de un par de años, adoro manejar, me encanta ver el paisaje y mi mente se pierde en el camino. Si pudiera, haría un road trip por todo el país.

Con el amor también tuve miedo y también me arriesgué. Algunas veces me fue mal y otras me fue muy bien.

Miro hacia atrás y veo todas las cosas buenas que he podido vivir, todo lo que me atreví, todo lo que arriesgué y todo lo que logré.

El miedo, los nervios, el titubeo, siguen ahí...

Pero yo no voy a dejar de vivir por miedo.

3 comentarios:

  1. Pues que padre que hayas logrado superar el miedo al miedo... Esa es una de las sensaciones más horribles de toda mi vida...

    Te felicito Chumis por ser tan arriesgada, poco a poco has ido volviendo a ser la niña sin temores!!!

    Saludos :)

    ResponderEliminar
  2. me encanto tu post. El miedo nos limita, nos ata y no nos deja ser felices. A la fecha hay muchas cosas que temo, y me pregunto, como fue posible arriesgarme a hacer tantas cosas en mi pasado que ahora temo?? :(

    ResponderEliminar
  3. Anónimo3:05 p.m.

    ME GUSTA ME GUSTA.. ME AGRADA LEER TUS POST,, Y ADELANTEEEE!!!

    SIR GABRIELÓ.

    LOVES YA.

    ResponderEliminar

Deje su mensaje después del tono y así