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21.3.09

Qué barbaridad

Hace poco encontré un cuento que creía perdido y mientras lo leía, no podía dejar de reírme. Yo no sé, de verdad, ¡qué estaba pensando cuando lo escribí!

O más bien sí sé, porque parece una mezcla entre Tomates verdes fritos, Thelma y Louise y Robin Hood, todo envuelto en una atmósfera entre vaquera y pueblerina onda juanrulfista.

Pero eso sí: con temática lencha.

Y pensar que hubo un tiempo en el que estuvo publicado online jajajaja ...¡qué pena!

21.4.08

Lo que se extraña

Esto es algo que escribí hace 5 años.

Y aunque aquello terminó hace tiempo ─hace ya varios meses─, le es difícil dejar de pensar en lo que pasó. Al principio el dolor la anestesió con un olvido provisional. Se creyó haber tomado las cosas mejor que la mayoría de las personas que terminan una relación y, sin embargo, ahora pensaba de nuevo en lo que había sido para ella. No recordó las "cosas malas", como las llamaba en su interior, porque esas cosas no se extrañan, sólo se olvidan sin perdonarse. Tampoco recordaba los momentos intensos, como cuando recién terminaron y, entre fiebre y llanto inconsolable, repetía una y otra vez imágenes mentales que la estremecían, haciéndola sentir culpable.

Rememoraba, en cambio, detalles a los que antes ni siquiera había prestado atención: la tranquilidad con la que se entregaba a su abrazo, la ternura que la invadía al respirar de su cuello, la confianza perenne con que escuchaba cada una de sus palabras, la comodidad con la que se permitía sentir cada fibra de su cuerpo; en fin, la ingenua libertad con la que amaba y creía ser amada. Pensaba en esto y se preguntaba si alguna vez volvería a ser igual, si volvería a temblar como la primera, si diría "te amo" sin la sospecha de no ser plenamente correspondida, si mostraría el alma desnuda y completa sin temor a parecer tonta, aprensiva o ridícula.

Extrañaba la simplicidad y el abandono, esa calidez del cuerpo y del aliento ─que nada tiene que ver con la sensualidad─, y la timidez y el pudor que se desgajaban poco a poco con el encanto, pero no extrañaba a la persona en sí. Lo que en verdad echaba de menos, como todos alguna vez, era algo que creía incapaz de ser repetido. La gente, las películas, las revistas y la sabiduría popular, le decían que sí, pero ella pensaba que no sería capaz de volverse a enamorar.

Y aunque no manifestaba nada de esto, le decían que tarde o temprano llegaría alguien para ella… Callaba y sonreía con desgano. No se trataba de una simple y vulgar falta de amor propio; se trataba más bien de una pérdida de fe en el amor, de un cinismo recién estrenado, pero sobretodo, de un abrazo sin reservas a la insalvable amargura que nos envuelve junto con la soledad.

5.12.07

Renovarse o morir


Mi tía Amiel está haciendo un Especial de Navidad en su blog, sobre la muerte de Santa. Invitó a sus amistades a escribir un cuento o poema, en formato totalmente libre, con el único requisito de que Santa muriera en la historia narrada. 

Por supuesto, los invito a que lean los cuentos en el blog de mi tía (pronto habrán más), picándole a este link: Especial de Navidad

Hoy publicó el mío, así que se los voy a presumir:

RENOVARSE O MORIR

Ese día, cuando se subía sus pantalones brillantes y ceñidos, Santa estaba especialmente deprimido. 

Iba más allá de la incomodidad que cargaba desde que renovaron su imagen. “Tenemos que hacer un cambio total contigo, los niños se burlan de los que todavía creen en ti”. El consejo representante de corporaciones multinacionales fue muy puntual al respecto: renovarse o morir.

Había resistido todo lo que pudo, pero finalmente fue auditado. Un grupo de ejecutivos se presentaron imponentemente con una orden judicial. Después de una perorata legal, dieron paso a un ejército de especialistas en imagen:

- Este traje está súper anticuado, ¡fuera el terciopelo! Vamos a crearte un outfit súper dinámico, onda band boy, retro, súper chic. Me imagino mucho brillo, así pegadito, pegadito y obvio, sin mangas. A ver tus brazos… ¡ay gordito, mira nomás que tamales traes!

- Por supuesto, lo vamos a programar para una lipo y le ponemos entrenador personal, ya nada de bastoncitos de caramelo ehhh.

- Uy Santa, tienes un look de viejo de no mamar, hay que quitarte esas canas horribles y hacerte un corte con pinchitos, ya sabes, súper juvenil.

- ¿Qué es ese olor? ¿Qué es estoooo? Fo qué asquito con esos renos ehh, los animales de granja están súper out, ¡se van! Alguien llame a Xzibit, necesitamos pimpear un trineo, ¿ok?

- Oye Santa y ¿todos éstos son tus hijos? Están súper feítos, así uniformaditos… ¿Ah, son duendes? No, no, no, no, ésto no puede ser. Vas a tener a un grupo de bailarines profesionales, más mameyes que los de “Sólo para mujeres”. Si quieres les dejamos los zapatitos, están súper curiosos.

Como no tenía tan mala voz, le hicieron grabar un disco lleno de canciones pegajosas: “Ponte Santa”, “Navidad, tiempo de planchar”, “Copito de nieve dance mix”, “Duende, duende, duro, duro”, “Muñeco de nieve, no te la juegues” y “Rodolfo, el golfo”, entre otras.

Pronto le consiguieron apariciones especiales en telenovelas y programas de chismes. Sus canciones empezaron a sonar en la radio desde que lo hicieron telonero de RBD, pero su verdadera fama comenzó cuando lanzaron el rumor de que Santa andaba con uno de sus duendes, después de haber sido vistos juntos en un antro de sospechosa reputación.

“Duende, duende, duro, duro” ocupó el primer lugar durante 14 semanas consecutivas y a partir de ahí empezó la locura: una serie de presentaciones en los programas de más alta audiencia, la grabación de un videoclip cargado de escenas homoeróticas, el lanzamiento del single con seis versiones de “Duende, duende, duro, duro” y claro, una gira mundial.

La vorágine de la fama estaba haciendo estragos en Santa. Aunque ahora se veía joven y fuerte, la realidad es que estaba completamente agotado. Muchas veces rechazó drogas y estimulantes, pero sospechaba que sus alimentos y bebidas estaban adulterados desde hace tiempo.

Santa se puso una camisa que le marcaba los pectorales –por supuesto, de silicón- y salió de su camerino, caminando incómodamente mientras sentía que sus genitales se asfixiaban entre el pantalón ceñido y el calcetín de relleno.

Se sentó y mientras lo maquillaban y peinaban, miraba fijamente al espejo. “Renovarse o morir”, pensaba cada vez que le asqueaba su mirada bobalicona. “Renovarse o morir”, sus cejas depiladas. “Renovarse o morir”, el putísimo delineador en los ojos. “Renovarse o morir” y el pinche gloss en los labios.

Salió al escenario, espectacular como siempre, desenvolviéndose entre la pirotecnia y el juego de luces. La multitud lo aclamaba desenfrenadamente: adolescentes en pleno llanto con sólo verlo aparecer, gritos enloquecidos de putitos que habían pagado para estar en las primeras filas para poder tocar por lo menos uno de sus guantes y señoras operadas tratando de hacerse pasar por jóvenes.

Santa ejecutó la coreografía, rodeado de sus apuestos duendes bailarines, mientras trataba de no perder el lipsing, no fuera a ser que alguien notara el playback.

Miraba con desprecio a esa masa uniforme que lo veneraba. “Renovarse o morir”, esbozaba una sonrisa falsa. “Renovarse o morir”, invitaba al público histérico a aplaudir. “Renovarse o morir”, soltó un largo falsete que llevó al público directo a un completo frenesí.

“Renovarse o morir” y en un momento de arranque se aventó al público.

Retazos de tela roja y blanca se arrebataban de unas manos a otras, una masa humana que giraba, exprimiéndose como un molino de carne, devorando a su ídolo hasta matarlo.

2.8.07

Melindres

―Deja ya de jugar y léete tu desayuno. ¡Mira cómo estás!― doña Malocha repetía lo mismo mañana tras mañana. Isolina apenas alzaba sus pequeños ojos para mirarla. A pesar de estar en la adolescencia, sus globos oculares todavía no habían alcanzado su tamaño normal; mucho menos gozaba de una sana miopía.

―Mi niña prácticamente no tiene panza. ¡Pobrecita! ¿Cómo sostendrá los libros cuando lea acostada?

Invariablemente, Isolina soltaba un suspiro y ponía la mirada en otra parte mientras acariciaba con descuido las páginas de su libro. Estiró su cuerpo para desperezarse; casi enseguida tuvo que bajar los brazos ante el eterno llamado de atención de su madre:


―Niña, ¡no enseñes las manos! ¿No te dan vergüenza esas huellas digitales? Todavía si fueras una recién nacida, ¡pero a estas alturas, que todavía no se te hayan borrado! Por favor: léete algo; no quiero que leas lecturas chatarra en la escuela. Luego, a la hora del almuerzo, no te acabas tu libro. Ya me oíste: nada de historietas ni de revistas. Esas son porquerías que no te alimentan.

El tiempo se escurrió entre los correteos y gritos de Dona Malocha. Isolina, su hermana y su papá se levantaron para irse a la escuela y al trabajo. Doña Malocha, entre vencida y atribulada, le puso un librito en la mochila y le dio su bendición:

―Toma, al menos llévate unos cuentecitos de Borges, para que no te desmayes en la escuela.― Isolina le dedicó una sonrisa desganada sólo para hacerle sentir que había cumplido con su deber de madre.

Se fue a la escuela, regresó a su casa, y luego a jugar a la calle. Bueno, eso dijo. En realidad pasaba mucho tiempo sola. Isolina escondía su anorexia literaria en restaurantes y lugares solitarios. Le daba vergüenza tener que satisfacer esa necesidad de su cuerpo; a duras penas soportaba tener que leer para vivir. En secreto, Isolina lee en dosis moderadas: minificciones de Monterroso, el Bestiario de Arreola, algunos haikús de Benedetti y uno que otro poema de Neruda. Los lee con atención, despacio y con pausas, palabra por palabra; no línea por línea como los demás.

Doña Malocha dice que Isolina es melindrosa, pero no sabe que ella calla motivos mucho más enredados que un simple capricho: Isolina quiere ser diferente; quiere ser como algunas personas que se preocupan por el crecimiento de su espíritu y se olvidan de las necesidades de su cuerpo. Quiere ser de los que comen, beben y fornican cada vez que pueden; no como hobbie, sino como actos inspirados en una profunda vocación del alma. Isolina siente que se traiciona a sí misma por esconderse detrás de un secreto. Es muy joven aún: no está lista para ser ella misma; se cree de antemano rechazada. Entre sollozos, Isolina termina de leer el Borges que Doña Malocha le puso en la mochila; pide un enorme trozo de pastel y una malteada de vainilla. Quizá demasiado para alguien de su edad, pero no para ella; no para Isolina que disfruta de las comidas difíciles de entender.